5.22.2013

Notas sobre volver a escribir más allá de una línea.

Poco a poco estoy recuperando la habilidad de escribir. Sufro de un mal contemporáneo: la excesiva síntesis fomentada por el microblogging.

En mi trabajo actual me pagan por escribir. Soy como uno de esos changuitos en máquinas de escribir que trabajan para el Sr. Burns (en aquel famoso episodio de "Plan dental. Lisa necesita frenos"). Escribo alrededor de veinte textos diarios de entre 800 y 1,600 caracteres.

Dicha actividad laboral me ha ayudado a engrasar los engranes que convierten pensamientos en palabras escritas.

El cerebro se atrofia pero también se repara. Es una mezcla de dejar de filtrar cada pensamiento, re-evaluar lo que es la capacidad de síntesis, pocas horas de sueño y mucho café.

Incluso, cada vez menos me llama la atención escribir estupideces cortitas, me está renaciendo el amor por las estupideces de más de 1,000 caracteres y aprovechar los ratos libres para teclear sin rumbo hasta llegar a algún lado.

Escribir corrido, editar después es una técnica que ayuda. Evitar darle tanto juego a la individualidad de cada palabra como si fuera una fruta solitaria y pensar más en un platillo compuesto por muchos sabores.

5.21.2013

Notas sobre los falsos trastornos del sueño.

"Tengo insomnio", escribe alguien en Twitter a las tres de la mañana.  Obviamente es difícil concebir el sueño cuando tu cerebro sigue aferrado a estar frente a una pantalla leyendo sandeces y escribiendo mentiras como la del insomnio.

Las generaciones anteriores acostumbran dormir con la televisión prendida, lo cual requería la mínima atención.  Hoy los medios al ser interactivos mantienen al cerebro en vigilia y el sueño tarda más en llegar. Pero no es insomnio, es una negativa a dormir.

¿Qué hacer para dormir? Lo aconsejable es apagar todo, luces y aparatos. Pero esa solución podría llevarnos a una situación indeseable: estar solos con nuestros pensamientos.

Es en esos momentos cuando nos escuchamos a nosotros mismos, actividad que las pantallas nos ayudan a evitar. Es probable que no nos gusten nuestros pensamientos y tendríamos que escucharlos y moldearlos para que nos dejen dormir. Por eso encendemos de nuevo las pantallas.

Otra solución para dormir pronto es tocarse impuramente. Esa ayuda, y más cuando se hace con la imaginación y no frente a una pantalla.

Notas sobre la rutina

Rutina. (Del fr. routine, de route, ruta).
1. f. Costumbre inveterada, hábito adquirido de hacer las cosas por mera práctica y sin razonarlas.
2. f. Inform. Secuencia invariable de instrucciones que forma parte de un programa y se puede utilizar repetidamente.

Todos tenemos rutinas, son inevitables.

Despertar a una hora, bañarse, tomar café, transportarse al trabajo, trabajar, comer, trabajar, transportarse, realizar actividades de esparcimiento, dormir.

A simple vista y generalizando, todos los días de rutina son iguales, pero cada elemento tiene sus detalles que hacen que cada situación sea distinta.

Todos los días vemos gente en la calle, pero difícilmente es la misma cada vez. El clima y los colores del ambiente. La señora que se cae, el gato que cruza la calle. La ciudad es un escenario repetitivo pero que de vez en cuando sacude sus piezas.

Luego está el caos rompiente. La lluvia, el metro descompuesto o una huelga nos convierten en hormigas cuando se tapa su hormiguero. Sólo hace falta un elemento rompiente para que las rutinas cambien.

Y no a todo mundo le gusta eso. Es común ver miradas asustadas o gestos de enojo cuando por cualquier motivo a las personas se les mueven sus rutinas. Como si no desearan el mínimo cambio en sus vidas. Las cosas son así y no deben cambiar, tal vez piensan.

Dentro de un rato comenzaré mi rutina diaria. Espero que algo tape el hormiguero.

5.19.2013

Notas sobre la antropología oficial

Visitando el Museo Nacional de Antropología, recorriendo las piezas que nos sirven para armar una historia sobre el pasado prehispánico, escucho a una mujer que guía a un grupo de turistas, nacionales  y extranjeros, en los primeros dos minutos dice dos mentiras o mitos.

Cuando habla sobre los códices le dice a su grupo que no se exhiben los originales porque "los originales se maltratarían". Jamás menciona que los códices no están ahí porque están en Europa. Luego, hablar sobre la Piedra del Sol, dice que contiene una predicción sobre la destrucción de la tierra de los aztecas,  menciona los constantes sismos de la Ciudad de México y la reciente actividad del volcán Popocatépetl. Haciendo alusión a una posible pronta catástrofe predicha por los mexicas.

Cada quien es libre de inventar cuentos, pero la mujer es empleada del Museo, por lo tanto del INAH. Por lo que es alarmante la desinformación que se da a quienes visitan el Nacional de Antropología.

El suceso me llevó a reflexionar sobre la invención de la historia. Con base en objetos suponemos qué es lo que ocurrió. Al final son supuestos que nos llevan a creer algo.

La historia oficial de México tomó su forma actual durante las primeras siete décadas del PRI en el gobierno. Allí se estableció quiénes eran los villanos y los héroes. Qué motivaba a las tribus prehispánicas a sus actos.

Según la antropología oficial, todo acto de las personas antes de la llegada de los españoles tenía tintes metafísicos. Si hacían un anafre con una mujer dibujada, era venerar a una deidad que representaba la vida. Si hacían una escultura de un jaguar era porque lo consideraban un Dios.

Esos supuestos atentan contra la diversión de la condición humana. Tal vez quien hizo el anafre estaba aburrido, quien a hizo la escultura del felino sólo le gustaban los gatos.

En el Museo Nacional de Antropología hay un enorme falo de piedra, la explicación antropológica es que había una adoración fálica relacionada con la fertilidad y los dioses. Yo creo que a alguien, hace veinte siglos, le regalaron una reata gigante para hacerle una broma, y hoy está en un museo.

4.28.2013

Vivir sin comer animales terrestres


Cumplí 30 días de no comer animales terrestres, comparto mi experiencias. Soy un ser onmívoro, nunca le he hecho el feo a la comida y son muy pocas los alimentos que no me gustan. Hace un mes decidí dejar de comer carne terrestre, es decir, vacas, puercos, pollos y demás animalitos que la evolución ha llevado a poblar las llanuras y granjas.

¿Los motivos?
No soy de los defensores de los animales, (de esos que si en media calle hay un niño y un perro y viene un auto, corren a rescatar al perro), estoy conciente de la brutalidad con la que se produce la carne que consumimos.

Los animales que comemos llevan vidas miserables y mueren de formas crueles y sádicas. No nos gusta saber cómo llega una pechuga o un bistec a nuestro plato. Pero eso no me quita el sueño. No tengo problemas con esos sacrificios.

Nunca he ido a una corrida de toros y me entusiasma la idea de conocer una en la Plaza México, por cultura general y porque pronto serán cosa del pasado.
Tal vez alguien piense que me preocupa mi salud y que es más saludable no comer carnes rojas. La realidad es que soy fumador y bebedor, los fines de semana castigo absurdamente mi hígado y pulmones en lo que es una falta de respeto absoluta al cuerpo humano. Entonces, por salud, tampoco.

¿Entonces por qué dejar de comer carne de animal terrestre? Por dos razones, la primera: nomás por mamón. La segunda: como un ejercicio de disciplina.
Cuando tu alimentación evita el 80% de los platillos y botanas disponibles uno está obligado a usar el cerebro para planear y elegir qué vas a comer. Es un gran sistema de autodisciplina y control.

¿Y los animales marinos?
Nunca podría dejar de comer pescados y mariscos. Los deliciosos animalitos del mar son lo más rico (y nutritivo) que podemos obtener de este maltratado planeta Tierra. Y si nos vamos a los dilemas morales, los peces viven en su hábitat (o en granjas acuícolas) toda su vida, paseando y comiendo a toda madre, el final de sus vidas llega rápido  en minutos están muertos, listos para ser cocinados. Recomiendo reflexionar la vida de un atún frente a la de un pollo.

La experiencia
Me he sentido bien, más ligero y con más energía. Después de comer ya no me ataca el "mal del puerco" (o sueño post prandial), y hasta he adelgazado un poco. Lo mejor es la disciplina y el sentimiento de control sobre el cuerpo y las decisiones alimentarias.

Todo esto no significa que, pronto o mucho después, no vuelva a disfrutar de las carnes de los animales terrestres, especialmente si me invitan a comer especies exóticas o en peligro de extinción (porque es importante saborear un animal antes de que desaparezca).

3.30.2013

Cristo murió en Iztapalapa, otra vez.

Decenas de miles de personas listas para presenciar la ejecución de Jesús de Nazaret, evento que se realiza por 170 años en los barrios de Iztapalapa, en la Ciudad de México.

Bebo rápidamente dos cafés, sin endulzante como siempre, y tomo el metro rumbo al llamado teatro más grande del mundo. Tomo la novedosa Línea 12 y trasbordo en Acalitla, una estación de pasillos tan largos que se siente como una peregrinación para ver a Cristo.

Al salir de la estación homónima a la delegación Iztapalapa, el colorido, los sonidos, los olores, invaden los sentidos. Juegos mecánicos, vendedores ambulantes que ofrecen al visitante práctimente de todo, tlayudas, flores, medallitas con algún santo (las cuales promocionan como "la máxima protección por sólo diez pesos").

Es mediodía y las calles están llenas de turistas, curiosos y feligreses. Arriba de un puente peatonal una enorme escultura que representa a Cristo cargando la te da la bienvenida y te dice que estás ahí para ser testigo del evento máximo que se lleva a cabo en la zona.

En la entrada del Santuario del Señor de la Cuevita, un templo construído en el siglo XIX, miles de creyentes reciben mazos de manzanilla y pedazos de pan, los cuales frotan en el manto de un Cristo acostado que según los relatos salvó a los iztapalapenses de una epidemia de cólera durantenla primera mitad del siglo antepasado (y en agradecimiento comenzaron a escenificar la Pasión hace 170 años).

En el interior, cientos de hombres con vestimenta púrpura, huaraches y coronas de espinas decoradas con flores, están sentados en silencio en las bancas de la iglesia mientras el templo se llena de humo de copal, una resina vegetal que desde tiempos prehispánicos se usa para limpiar el espíritu.

Estos hombres son los Nazarenos, católicos que realizan el mismo recorrido que Jesús cargando una cruz, muchos de ellos descalzos sobre el ardiente asfalto de las calles de los ocho barrios de Iztapalapa. Es un ritual para pagar una manda o para expiar culpas. Cada cruz es diferente, algunas llegan a tamaño y peso absurdo pero cada uno de ellos la carga hasta los pies del cerro donde crucifican a Jesús.

Ver a los Nazarenos correr con sus cruces por las calles se siente como un evento deportivo, como un maratón en el que hombres de todas las edades (alcanzo a ver sólo a una mujer y es una niña de unos nueve años) le entregan su esfuerzo físico y espiritual a Jesucristo.

Mientras tanto, miles y miles de personas suben a las faldas del Cerro de la Estrella para ver el momento de la muerte de Jesús, Dimas y Gestas en tres cruces gigantes colocadas en la cima.

El cerro es hostil, sin caminos, la gente sube por donde puede levantando nubes de polvo mientras los vendedores ofrecen bebidas frías, sombreros y congeladas (hielos de sabores).  La vista para los turistas y curiosos ni siquiera es buena, un cerco impide acercarse y la mayoría disfruta el espectáculo a través de las pantallas gigantes colocadas en varios puntos de la loma.

Pasan de las dos de la tarde, el sonido de tres helicópteros se mezcla con el de vendedores y el proveniente de las pantallas. El calor arrecia.

A un costado del cerro hay una colonia popular cuyas angostas calles se han convertido en tianguis. En una esquina unos jóvenes venden micheladas preparadas con mucho chile, el porche de una casa se ha convertido en una pulquería improvisada y está abarrotada. Este día hay Ley Seca en la delegación, no hay venta legal de alcohol.

Quince pesos por entrar a ver, me ofrece un puberto. Es una pequeña vecindad en la que tras meterte a una casa y salir por una pequeña ventana estás en el techo de un cuarto justo detrás de las cruces donde ejecutarán a Jesús y los ladrones. Unas lonas protegen a decenas de curiosos de los rayos del Sol mientras algunos disfrutamos una cerveza fría de las que venden en el lugar.

Casi a las cuatro de la tarde llega Jesús y lo crucifican, después de media hora de intervenciones de soldados romanos con discursos llenos de palabras que no aparecen en la Biblia como República, democracia y otros anacronismos.

Mientras Jesús es elevado a la cruz y un hombre vestido de ángel le arroja una paloma blanca, cientos de soldados romanos y policías de verdad cuidan y consienten a sus caballos a unos metros de donde culmina el calvario.

La gente se retira dejando enormes nubes de polvo. Antes de regresar a sus hogares, muchos hacen una parada en el tianguis que se colocó en los alrededores del metro Cerro de la Estrella.

La tarde cae. Para los Nazarenos esperan días de ampollas y deshidratación. Para los creyentes se ha continuado con la tradición. Para los turistas ha sido un buen espectáculo. Jesús ha muerto una vez más en Iztapalapa.

*Las fotos de La Pasión de Cristo 2013 se pueden ver aquí.

3.12.2013

El lugar que sueño.

Tengo un sueño recurrente, no sobre lo que ocurre sino respecto al espacio. Es un lugar plenamente identificado, es un pueblo dividido en cinco zonas.

La parte de los cerros con sus calles irregulares, edificios y gente amable, la aldea cerrada a la que hay que pedir permiso para entrar y cuyos habitantes comparten rituales extravagantes y muestran una actitud bélica hacia quienes no nacieron allí. El valle, con caminos sinuosos en planicie y pocos pobladores. El lago, dividido en el muelle y las casas sobre el agua. Quienes viven en estas últimas son los violentos.

Durante muchos sueños mi cerebro ha estado armando el lugar, tanto que hasta puedo hacer un mapa de la zona. Sé hacia donde voltear para buscar el norte. Entre la zona de los cerros y el muelle están las tiendas y changarros, y más allá de estas hay una parte que no he visitado, en la que sé hay una estación del tren.