Mi abuelo fue cazador. Al ver un venado, su lógica era:
"Es un hermoso animal, debo matarlo."
Mi abuelo fue cazador. Al ver un venado, su lógica era:
"Es un hermoso animal, debo matarlo."
La cafeína es mi droga favorita. No puedo concebir un día sin beber café.
No recuerdo cuándo comence a beberlo, tal vez fue durante la pre-adolescencia o durante mi primer trabajo, de botones en un hotel a los 16, donde a veces tenía que mantenerme despierto toda la noche.
Me ha acompañado durante todas las mañanas desde la universidad hasta los empleos nocturnos y en los momentos en que se necesita exprimir neuronas. Hace años dejé de beber café soluble, sólo lo tomo por cortesía o en una emergencia catastrófica.
Los ruidos de la cafetera por la mañana son la mejor canción. Empujar la aeropress es el preludio de una explosión cerebral.
Me serviré otra taza de café bien cargado.
Cada mañana en la caminata de rutina entre la guarida y la estación del metro veo personas que siempre son parte del escenario.
En una esquina, un hombre de unas cinco décadas, tez morena, cabello negro peinado perfectamente con gel de la que más brilla, pantalón de mezclilla, saluda cortésmente a la gente y ayuda a las señoras a abrir las cortinas de sus negocios mientras fuma un cigarro de mota que regala un olor a hierbas a todo su alrededor.
Una mujer morena clara, cabello oscuro y lacio, en sus veintes, bonitas facciones mesoamericanas y caderas agradables, cruza siempre frente a mí mirándome con la máxima discreción.
Con el cabello corto de los lados y el cuerpo lleno de tizne, un hombre joven y grueso empuja un diablito con cilindros metálicos mientras repite el mantra que anuncia a todo el barrio la venta de gas.
Cada día camino en sentido contrario a la multitud de cal y cemento. Cientos de trabajadores de la construcción, muchos llevan pan y atole en sus manos rígidas llenas de callos. Acentos del sureste mexicano y chamarras y gorras con logotipos deportivos.
Me gusta pensar que muchos de estos personajes imaginan historias sobre los demás miembros del escenario.
Los vagones del metro son enormes cajas de indiferencia. Espacios móviles que de lunes a viernes son silenciosos, nadie habla, a excepción de los vendedores que gritan.
Las personas viajan a sus trabajos u hogares tratando de no pensar en la demás pasajeros, aún y cuando se respiren el aliento a quince centímetros entre cara y cara.
Alguien puede caerse, desmayarse, vomitar, pelearse a golpes con otro y la gente será sólo espectadora pasiva del espectáculo de la vida diaria.
El escenario se ve distinto los fines de semana, a partir del viernes por la noche los vagones son una mezcla de decenas de conversaciones de personas que ahora sí sonríen.
Hay distintos métodos para alcanzar niveles de conciencia que no son las sensaciones y procesos cognitivos rutinarios con los que observamos e interactuamos con la realidad todos los días, algunos les llaman estados alterados.
Algunas personas usan drogas: café, mota, cocaína, hongos, salvia, metanfetaminas. Otros utilizan la meditación, yoga, ejercicios de respiración, sexo tántrico, privación del sueño, etc.
Pero a veces llegan por accidente sin que uno lo busque o lo espere, un día lleno de estrés, un golpe en la cabeza, lácteos rancios... son muchos los caminos inesperados que nos pueden abordar la realidad desde afuera, como si fueramos un observador externo que mira a esa máquina orgánica hacer cosas y formular pensamientos.
Esos momentos involuntarios son mejores que los forzados y son grandes instantes de lucidez que hay que saber apreciar.
Los sismos me ponen de buen humor. Los movimientos sísmicos más recientes no los he sentido, pero aún así cada vez que ocurren me forman la sonrisa.
Los terremotos son un recordatorio de que todo se puede acabar en un instante: el escenario, las casas, los edificios, la ciudad como la conocemos, nuestra vida y la de personas que apreciamos.
Son el símbolo de la máxima destrucción, de la miseria, la pérdida y el dolor masivo. También son la muestra de que sólo tenemos la vida y esta se puede ir en un instante junto con las posesiones materiales que tanto nos estresan cuando hay que pagar la tarjeta de crédito.
En cada temblor se nos debe mover el piso cerebral y activar el instinto de disfrutar cada momento como si fuera el último día.
En el México moderno el petróleo es más sagrado que la Virgen de Guadalupe. Hay quienes lo consideran algo como la sangre del país, un material con un halo místico de pureza que jamás deben tocar las sucias manos de los extranjeros.
Desde hace muchos años, la autodenominada izquierda grita y denuncia los planes privatizadores que los antes llamados neoliberales pretenden efectuar con el oro negro extraído en territorio nacional. Dicen que entregarle el petróleo a compañías extranjeras es el saqueo más grave que sufrirá este país.
Por su parte, los gobiernos en turno han estado desde hace unos años abriendo las puertas poco a poco a las empresas multinacionales que cada vez tienen más participación en los procesos que incluyen localización, extracción y procesamiento del petróleo.
El gobierno federal dice que con la reforma enérgetica los mexicanos tendremos energía eléctrica y gas más baratos y que la empresa estatal PEMEX no puede con el paquete, por lo que es necesario que la iniciativa privada se involucre aún más.
En las próximas semanas el debate, sobre una aprobación legislativa que desde ya está pactada entre el PRI y el PAN y por lo tanto es un hecho, irá escalando. El gobierno a través de la televisión, la radio y los columnistas centaveados. La oposición con sus marchas, mítines y consignas trasnochadas.
Si algo nos ha enseñado la historia es que el gobierno siempre miente, que las privatizaciones son tranzas millonarias que sólo benefician a los más ricos, que la izquierda es más gritos y pancartas que propuestas viables y que a las compañías petroleras multinacionales les importa un carajo la ecología y el desarrollo social.
Lo que se juega con la reforma energética que los legisladores decidirán es si las ganancias millonarias que genera el petróleo se quedan en manos de gobernantes y líderes sindicales corruptos y cínicos o pasan a manos de empresarios corruptos y cínicos.