Para conseguir mi objetivo consideré necesario establecer reglas y darle un sentido semi-religioso al asunto, con ideas absurdas pero efectivas sobre qué y cuándo comer qué, igual que la Cuaresma o el Ramadán.
Establecí los siguientes "mandamientos":
- Comer todo tipo de frutas y verduras.
- Comer animales provenientes del mar: pescados y mariscos.
- No comer animales terrestres: vacas, pollos, cerdos.
- Comer derivados de animales terrestres: huevos y quesos.
- Evitar los alimentos industrializados
- Evitar comer en cadenas de fast food.
- Hay dos días en el año en los que como de todo:
El Día de los Muertos. Cuando el espíritu de los animales regresa y podemos consumirlo.
El domingo del Super Bowl. Porque, pues, siempre es un gran día. - Saber de dónde viene la comida.
- Saber que todo tipo de alimento tiene detrás explotación humana.
- No evangelizar a los demás.
Decidí que no es una cuestión moral, aunque no me hace feliz el sistema de producción de alimentos (el sacrificio animal, la engorda artificial y la explotación del campesino) no es el eje que rige, sino la disciplina y el poder elegir.
El cuerpo humano se adapta fácilmente, en menos de dos semanas se acostumbra a la nueva alimentación y al poco tiempo los antojos y el hambre se modifican. Algo pasa en el cerebro que incluso los olores de los tacos o carnitas dejan de ser apetecibles.
Al principio lo más difícil de tratar es el aspecto social. Dejar de comer lo mismo que los demás es una especie de amenaza para las personas. La mayoría trata de convencerte de alimentarte con lo mismo que ellas porque es inconcebible que no comas hamburguesas. Al igual que el cuerpo, con el tiempo se acostumbran.
Tras un año de ejercer esta religión alimentaria, la cual llamo Pescatarianismo No Sectario, puedo asegurar que me siento mejor, mi salud se mantiene positivamente estable, adelgacé pero no me fui de paso y he descubierto todo un mundo de posibilidades para cocinar.
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